Cartas a Fabiana
¿Qué puedo escribirte esta noche? Contarte de mis amigos, de sombras, de papeles de carta perfumados, colecciones de muñecas. De casas inmensas de colchas, de constelaciones de estrellas de plástico en el techo, y cajitas musicales con pilas agonizando. Aún me dura la pequeña y sutil distorsión de ese requiem adelantado, de la muerte previa al silencio. La posterior voz que en la mímesis del pasado, canta fragmentos desafinados en la habitación pequeña...que era un mundo.
Puedo contarte de la colección de piedritas y collage con diarios, de la dulce escondida tras la puerta, y tu ojo repentino en la bisagra encontrándome, mi susto y agitación, al correr y cantar por todos los cumpas.
Y de esa (mi) mano que apoyó su triunfo, luego la tuya, grande por arriba de la mía, tapando mis quemaduras, mis uñas cortas y sucias, mal pintadas, mi resabio de escondite, por no saber ahora con qué saludar a la gente que se iba...escondida en la cama, por caerme de la hamaca, en mi intento de ser una Enriqueta y cumplir un récord. Tu enojo se transformó en mi pecado, y las hebillas y agujeros, cuentas de rosario, que rezaba esperando Algo, algo grande que sucediese e hiciese esa historia personal de la que tanto hablaban esos primeros libros.
Y las tapas, de esos libros viejos... como comisuras de labios sabios, que me llamaban para darme cuenta que ahí, en ese beso con las manos, en el contacto con el papel, era libre nuevamente. Ya no libre de tu mano o de los cumpas, sino de toda la piecita, que ya no cabía y se esfumaba, en todo eso que era Algo, la cosa.
Hubieron otras comisuras, que también besé, ya no muñecas, ya no kens, ya personas. Y más cuentas del rosario ésta vez en misas nocturnas, donde los discursos de la luna, máximo pontífice del calvario escuchaba y profetizaba. Y la normalidad, de la noche y del día, de tu sexo y el mío, de la palabra y el silencio, se quebraba con un abrir y cerrar, de la tapa de esa cajita musical que me regaló Franco. Y francamente, te digo, charlando con la blanca novia de la Tierra, he encontrado la absolución tal vez...hasta la muerte y posterior resurrección. La carne vibraba y la garganta se endulzaba, en ese entendimiento del corazón, de saberme religión inocente, niñez latente y que la normalidad, era cuidar con amor mi paso... atenta al labor de las hormigas para no estropearlo. Su naturaleza no era ni más pequeña ni más significativa que la mía, era la mera convivencia, excelsa y pura, concentrada en el respeto de su camino y ellas enseñándome a mí a caminar con mayor cuidado pero igual, saltando entre nubes.
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