Proctor
De pronto, estoy sola.
Caminando por la calle, avanzando hacia el alejamiento progresivo del último encuentro de amigos. Y miro a los altos edificios, y de nuevo sola.
Ya no con obligaciones de la pequeña ciudad, ya no debiendo sentir que tengo que aprovechar el tiempo y cebar un mate más, o ayudar con un par de quehaceres. Ahora sí, tan sólo la ciudad con su torpeza y su ternura. Como niña grande y un poco atontada con lo que ofrece, se cierne sobre mí, ella. Y yo me despabilo en un intento de tristeza que se me acerca. Me despabilo y miro aún más alto, como para intimidar al vértigo en su posible devenir. Y recuerdo, y me cercioro y digo Sì, esto es cruel, no puede ser justo, tanta cosa junta. Tanta ciudad encima de uno. Pero de pronto la noche es larga y es amplia, es un terreno baldío, donde acostarse a ver las estrellas (metafóricamente, claro está) y me agrada la cálida idea de llegar a casa y morir en un interfaz de sensualidad y placer, de una soledad acongojada a punto de ser mimada y seducida.
Y camino, completamente sola. Sin temor ya a la muerte más que a la vida. Pero tampoco es la vida.
Ya sobreviví al sinsentido mayor, a la pregunta vacía, profunda, insondable y ácida. Esa pregunta que desviste la realidad, con una actitud desafiantemente arrogante, y la despoja de la ilusión siempre virgen, y la esperanza más lógica. El caos del siglo, dicen. Y lo hemos sobrevivido.
Después de la pregunta muerta, el silencio mortuorio. Tras ella el silencio, y ahora, la vida.
Y de pronto, estoy sola. Pero completa, sola.
Y sola ya es un adjetivo de un estadío, por que completa siempre será la versión pulcra y sana de aquello que algún primer "de pronto", quiso forjar.
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