Demora en las aduanas
Ella siempre hacía el amor, luego de beber un par de copas y derramaba unas gotas sobre el sillón, no se lamentaba en ese momento sino por la ansiedad de saber que al día siguiente sin los efectos del alcohol, sabría reconocer que siempre hace lo mismo. Y mañana es donde dolerían más.
Yo la besaba siempre mirándola hacia arriba, era como una diosa griega y mis manos adoraban su espalda. Me reía hasta el cansancio viéndola hacer sus ademanes y quejándose siempre de lo mismo, pero mi mirada se perdía en una panorámica de su aura que se desplegaba como el alma sobre los pisos de parquet en las horas siguientes. Me reía ya luego, un poco angustiado pero resignado, que debía dejarla ir luego, al baño, o a su habitación, donde se cambiaba ella sola, privándome del espectáculo íntimo de admirar sus muslos, cuando se sostenía sobre una sola pierna para colocarse el short. Ella argumentaba que le daba vergüenza, ya con un aliento a dejos de alcohol y atisbo de lógica. Era para cuidarme a mí, decía.
Cuidarme de qué? pensaba.
Y ella sabía que me preguntaba eso a mi mismo y me sonreía con las cejas entornadas de lástima y determinación.
Yo aprendí a quererla así, entre noches de bar, algunas de amor desenfrenado (esas eran las menos), y otras casi espiándola, pero con su permiso y saber. A veces cuando tenía que hacer algo, ella se iba sin avisarme o tal vez dejándome un pedazo roto de la mejor página, como para que fuera leyendo, pero cuando le reclama el libro, ya intrigado, ella me respondía negativamente y casi altanera, que el resto me lo imagine.
-Sos muy creativo, para que pedís más, si todo podes inventarlo vos- me decía dándole una pitada a su cigarro con mezclas de labial.
Yo levantaba los hombros interrogándome si realmente lo era o valía la pena inventarse tanto, si a veces por las noches me derrotaba la ansiedad, la angustia de que siempre esa espalda se me escapara en sus giros y en sus preguntas, y que siempre era como hurtarle amor, mendigarse un poco de esa identidad que si bien es una porquería, a uno le hinca en esa costilla aguada.
Siempre fui de ocultarme, bajar la mirada ante los halagos, esconderme como una tortuga entre mis hombros y decepcionarme por los resultados, pues aun me ven a falta de buena solapa, cuello corto o caparazón. Pero cuando de ella se trata, a veces me gustaría pasearla en los cafés, me gustaría que se apoye sobre mi como un gatito adormecido, y luego poder verla sobria y diáfana, que el sol nos pille de mañana.
La última vez que yo iba a partir, tenía mi bolso listo y mis documentos por encima de él, ella llegó así arrebatada, me beso incontables segundos y luego se sirvió más vino, se tropezó con las tiras del bolso y derramó toda la bebida sobre mi pasaporte y documentos. Yo contemplaba esa situación azoradamente enamorado, y lo permití, la ví luego adentrarse a la habitación oscura, contoneando su cintura, impúdica y segura. Miré nuevamente mis papeles, y antes de seguirle el paso, supe que ya nada podía hacer, tramitar de nuevo mi nombre, y ya desvanecerme en las fronteras, hacerle el amor en las aduanas, y sacar número, para esperar que algún día ella me llame por mi nombre.
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