Habito
No temo la pérdida. Temo que ante ello salga a flote tal vez mi mala administración de espacios, y en el lugar que ocupaba tu mano, en mi pecho, ahora haya una balanza descalibrada de acero inoxidable.
Temo más que tu pérdida definitiva, las consecutivas y casi desapercibidas pérdidas de todos los días. Aquellos misiles como espinillas de cardón que se filtran en los vasos, en las tazas, en los cordones desatados y esas pequeñas cosas que uno hace siempre.
Temo no mirarte a los ojos con la firmeza que necesitas, temo no darte un abrazo consciente, y el horror del automatismo y la garantía.
Temo, que me importe más el roce fervoroso de los labios, más que el amor sin causa. Y sin cauce, ese que se desborda incuestionable y respondiendo a la naturaleza y no por necesidad.
No temo tu engaño, temo mis miserias.
Es así que de pronto, todo el miedo del que por ahí te hago cargo, entre pretensión y expectativa, no es más que la purga y la murga. El baile descontracturado y palpitante de aquello que duele y hostiga. Que no habla y al que no le contesto.
Es así que de pronto, me he encontrado con el momento. Un momento. El instante en que realmente la riña interna no es más que un mentón y su peso, un resquebrajamiento del costillas y la seguida exposición del alma a aquello que podría matar. No hay oposición, sino ofrenda. Y el humo consternado huye, aburrido y vago. Y la indiferencia adquiere una virtud incomparable y pura, ya no emparentada con la ignorancia. Es la indiferencia del niño, el perdón, el olvido y la vuelta al juego.
Así es que ya no temo tu pérdida, porque no hay nada que tenga de vos, más que ahora ya la amistad y la pasión.
Lo que vos quieras darme y yo esté dispuesta a recibir. Ahora ya, exactamente, sólo tengo de vos la imaginación de que estamos juntas, que apoyan los recuerdos y las promesas que no se obligan a sí mismas, sintiéndose homologadas.
Así, aliviada ya, por saber que no hay nada que pueda hacer al respecto, si te quedas o te vas, no hay temor alguno a una pérdida, pues no hay posibilidad alguna. Las miserias mueren de inanición y nace una flor de la herida abierta, tal vez, una flor que viva en la eternidad de un día.
Bendición más grande.
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