Toujours la dernière fois
De a poco, voy encontrando los surcos. Casi como si me hubiese encomendado en una especie de exploración arqueológica, en búsqueda de los cimientos esenciales que cubren el cadáver de la Tierra, voy hallando secretos. Las señales. Los dejos de catástrofes, como un barranco recortado por el paso del agua lejano y ya vacío.
Una noche me desperté por un rumor creciente en mi oído, un turbulento encuentro de fuerzas fantasmas, que se retorcían en las esquinas porosas de los montes. Me vi envuelta en un paisaje más bien que tenía su propia memoria y se le había dado esa noche por recordar.
La noche era clara, el generador natural, esa aureola que a veces se hace pasar por tus ojos, alumbraba como las últimas noches en que aún todo era real. Todo estaba invadido por una tela azul translúcida y que se atravesaba sin dificultad. Era un permiso más bien restringido que permitía ver, pero no lo suficiente. Casi como cuando uno hace el amor con la luz apagada. Sólo la visión del tacto y luego, la orientación de las voluntades encontradas y el desemboque furtivo y espiraloso-centrífugo en el centro del otro, donde se acaba con el cuello que se vuelca hacia atrás en redención de la verticalidad con la que siempre se anda.
Esa noche, particularmente, la melancolía terrestre, necesitaba testigos. Y vivía como una especie de respuesta ante un estímulo inexistente. Como un cable pegado que arrancó un motor en algún lugar de la corteza, de un auto que ya obsoleto, o de un cuerpo que se nostalgiaba de miembros ausentes.
El rumor se hacía cada vez más fuerte y presente, tan innegable.
Los árboles se batían presagiosos y como casi queriendo huir de sus propias copas. Soplándose el alma a sí mismos. Yo sabía que aunque corriese, no podía. Sólo miraba a mi alrededor, casi como si estuviese parada en una plataforma giratoria, pero sin moverme de ese sólo lugar. Mi pelvis se comprimía y se achataba, casi figurándose mi espalda. Y mi pecho lleno de aire, brotó por mis ojos.
Los montes se ensanchaban cada vez más, los árboles se revolvían desprendiéndose de sus brazos, la Tierra se compungía en cólicos de oro y yerba.
La soledad se hizo tan gomosa y casi como una presencia tan perfecta que sentí que al menos eso, era una buena señal. Ante tanto escenario fantasmagórico, lo único que afortunadamente (o no) iba cobrando vida era esa sensación que de pronto, no quedaba otra que deshacerse, que gangrenarse y hacerse polvo.
Morir como otros en el follaje y ser parte de ese cimiente que buscaba. Tal vez, en algún momento descubriría la verdad, el epicentro de la vida, el punto nodal de los meridianos de la belleza o la dicha. Tal vez en un ser tan minúsculo que no sea ni tan consciente de su existencia.
El problema es el percatarse- me dije. De pronto uno se siente, y sabe que siente, y de pronto surge esa molesta pero "necesaria" necesidad, de saber de donde viene aquello y si es que realmente está como debe estar, o hay cosas aún por arreglar.
En ese momento, igualmente, ya no importaba si lo que se sentía era prolijo, o había algún detalle que se escapara, como un ajuste de corbata, una vuelta de cordón más, perfume en los laterales de los argumentos. Seguridades tan surcadas como las barrancas.
En ese instante, la decadencia era gloria y la materialización de una soledad cálida y amigable, llenaba el pecho de un humo blanquecido y espumoso, que hasta podía confundirse con una embriaguez absurda y mal digerida (no ha pegado lo suficiente) pero uno se vuelve extremadamente sensual y hasta la luna ahora parece querer apagarse para que hagamos el amor y la runa sea la cama, las hojas caídas las sábanas y el tacto se vuelva más bien, la última y primera excavación al centro de la Tierra, de la historia de las artes.
Inmediatamente sentí una miseria grata, aquella de la aceptación del peso del mundo y la consecutiva, relajación de los hombros dejando todo eso caer abajo, de los pies. Ahí donde va. Lo único que siempre ha tenido lugar.
Brotó por los ojos el pecho, y la luna, las hojas, el viento, la noche, la crecida, se deshicieron todo junto, entre hilos de piel que subían y bajaban, círculos de confusión que iban desempañando la noche, y sucesivamente, la repetición de todo aquello, culminó en el descubrimiento, el reconocimiento y poblarse nuevamente, en la cama, en la silla, en cualquier punto geográfico. Y percatarse, ésta vez sí, afortunadamente, de que el llanto ha acabado. Que aún nada está arreglado, pero el mundo ha caído de nuevo como la pelota de golf en su hoyo.
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